El Muro de Berlín, levantado el 13 de agosto del 1961, se derrumbaba el 9 de noviembre de 1989. Pero fue el 30 de septiembre de ese año, en una emisión radiofónica en la que se comunicaba a los ciudadanos que las fronteras estaban abiertas y se podían atravesar libremente y sin pasaporte, cuando podemos considerar su caída. Una simple noticia en los medios y se vino a bajo. Tan fácil fue romper las cadenas como difícil había sido obligar a aquella parte de Alemania a soportarlas. Así se abría una frontera que nunca debió existir y que tanto sufrimiento costó mantenerla por la fuerza.

Los separatistas catalanes quieren alzar una barrera que, si no de hormigón como aquella, lo será de resentimiento y odio, que es peor. ERC se niega a acatar lo dictado por el TC. Dice que está politizado y que la fuerza de la razón (la suya) está en el clamor popular, en ese supuesto que da la gente saliendo a la calle. Para la izquierda catalana, de apellido republicana, no cuenta el sentir de las personas pasivas cuya tarea es hacerle día a día frente a la vida, que les preocupa el paro, que no quieren líos; el de esos que se quedan en casa rogando que el tumulto pase, que se acabe la sinrazón.
Tampoco cuenta el derecho del resto de los españoles a opinar sobre lo que también es nuestro. Por naturaleza, en un país todo es de todos y a un castellano le toca tanto Cataluña como a ésta Castilla.

En el caso germánico fueron las armas las que determinaron las fronteras; en Cataluña, los embaucadores; los que engañan, adoctrinan, esconden la realidad, presionan y coaccionan a quien no ve las cosas como ellos.
Pero no lo lograrán, la alambrada no se levantará. Las fronteras en España llevan más de cinco siglos dibujadas en los mapas. Se puede aspirar a la unión, a que se abran y den la mano a las de sus vecinos; pero, nuevas?, trazar límites donde no los hay?, sólo a locos se les puede ocurrir.